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Me alegré a comienzos del año porque hubiera bajado el paro y la prima de riesgo y me cayó una catarata de insultos a través de la red. Lo más suave era que soy un esbirro de Rajoy. Los otros ya tienen que ver con ancestros y madre. El insulto, cáncer extendido hasta la categoría de metástasis, y la descalificación ah hominen son los «argumentos» mas utilizados en algo que por otro lado es una ya imprescindible herramienta de comunicación. Porque la Red, en todas sus variantes, es como el teléfono móvil de similar impacto en hábitos y de de parecida trascendencia en nuestras vidas a la que tuvo la «domesticación» del fuego en el cuaternario. Pero también como el fuego puede tener efectos muy devastadores y dejarnos abrasados. Conscientes de su potencial, el activismo político, y de manera mucho más compulsiva cuanto más extremista, sectaria y fanática son ideología y persona, se ha lanzado a un asalto del medio, intentando apoderarse de él, inundándolo y ahogando a sus enemigos, dado que en esos parámetros el debate y la discusión no existen sino que se trata de la imposición de su verdad y el exterminio del contrario a quien se supone un ser despreciable sin derecho a abrir la boca, expresar su opinión y que si quiere vivir lo haga callado. La «opinión» de la red está, pues, muy sometida a un determinado activismo, o sea, al viejo AGIPROP, agitación, prensa y propaganda, ahora con nuevos métodos, pero mismos fines e idénticas formas. Como tal hay que tomársela y valorarla con todas las precauciones. La repetición de una consigna, obsesivamente difundida, a veces haciéndose pasar uno por cientos o colgándola doscientas veces cada uno no ha de coincidir forzosa ni precisamente con la opinión real de la gente que no suele estar dedicada en exclusiva a tales cosas. A ello en España se une el deterioro sufrido en la percepción de los rivales ideológicos como seres despreciables y perversos. De ahí al comportamiento en la discusión política como los peores hooligans futboleros hay menos de un paso. El fanatismo, en realidad, no puede nunca someterse a la duda de la razón, porque entonces ya dejaría de serlo. Necesita de absolutos y por ello su meta no es otra que la imposición totalitaria a través de la exclusión. Y por desgracia en nuestro país estamos viendo en esto también una de las peores crisis y que late sordamente en el interior de todas las demás.

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