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Ignoro las razones por las que algunos gobernantes se empeñan en repetir los errores de sus antecesores, pero la ola de alegría que quiere desatar el Gobierno señalando este año como el último de la recesión, recuerda demasiado al optimismo de brotes verdes que tanto perjudicó al Gobierno de Zapatero. Entonces, si creías que venía un la crisis en lugar de una desaceleración, eras un antipatriota como, ahora, si no encuentras las razones que hacen pensar en un inicio de la recuperación, eres un derrotista irredento. Conozco la importancia de las expectativas sobre el devenir económico y también el papel de los “animal spirits”, sobre todo, en una crisis como esta, pero creo firmemente que los gobiernos no deben empeñarse en transmitir alborozos sino en generar confianza de la que tan escasos andamos, según todas las encuestas. 2013 va a ser un año, en términos económicos, confuso. Ya sé que este no es un concepto muy técnico, pero refleja bien el hecho de que las incertidumbres seguirán estando muy presentes y que todo es posible, incluso que el gobierno acierte. No me atrevo a decir si en el último trimestre empezaremos la remontada pero todo apunta a que será un año plano, con un primer semestre peor y uno segundo mejor que 2012, dentro todo ello de unos resultados medios que nos mantendrán en el ámbito de la recesión, aunque el efecto estadístico permita presentar alguna cifra con signo positivo. Pero será, sin duda, un año en el que la pugna entre esa media España “lista para crecer” y esa otra, todavía enredada en culminar sus ajustes, será más fuerte que nunca. La España que todavía no ha culminado la reestructuración, entre la que incluyo buena parte del sector público, el sistema financiero, todo el sector inmobiliario o el transporte, seguirá despidiendo trabajadores en un contexto de recorte del gasto y de la inversión, sin que la España que ya está lista para crecer, empiece a contratar de manera apreciable, porque todavía necesitará reforzar su apuesta por la innovación y la internalización, así como fuentes de financiación alternativas al crédito bancario que seguirá estando seriamente limitado en un contexto cargado de dudas sobre el rescate, el cumplimiento del déficit, la profundidad de la recesión, la reconversión bancaria o sobre cosas de no menor entidad como Cataluña o, en general, el nivel de conflictividad política. Pretender salir de ahí, a base de consignas joviales, no parece lo más acertado. Incluso si aceptamos los actuales recortes de brocha gorda como las reformas estructurales necesarias, la creciente desigualdad social como la imprescindible devaluación interna y las operaciones combinadas del MEDE y del BCE sobre el mercado de deuda como la recuperación de confianza de los mercados financieros en nuestra economía, seguiremos necesitados de algo más para fundamentar racionalmente un repunte en la actividad económica a finales de año, que se pueda prolongar durante 2014 hasta crear empleo neto como ha dicho Rajoy. Será muy difícil, por no decir imposible, que la España que puede consumir más, invertir más e, incluso, contratar más trabajadores de lo que ha hecho durante 2012, lo haga, simplemente, como consecuencia del efecto calendario, del simple transcurrir de los trimestres, sin que se produzcan cambios apreciables en la situación. Algunos, en términos de corrección de desequilibrios, se están produciendo ya: el déficit por balanza de pagos se reduce, hasta casi desaparecer; la deuda externa mengua lentamente, como el endeudamiento de familias y empresas; ganamos competitividad y nos acercaremos bastante a recuperar un equilibrio en las cuentas públicas medido como déficit estructural. Sin embargo, basar en ello, como hace el Gobierno, todas sus razones para la ilusión, no solo es olvidar que todas estas “situaciones esperanzadoras” están directamente vinculadas al momento de crisis (¿Qué pasará con las importaciones o con la productividad, cuando volvamos a crecer?) sino, también, que la difícil realidad que arrastramos por la magnitud absoluta de los problemas (paro, deuda, pérdida total de riqueza) requerirá muchos años para revertir, o la existencia de otras variables cuya evolución es negativa: fuerte repunte del paro registrado (en 2012 subió casi tanto como durante los dos años anteriores juntos); rápido incremento de una deuda pública acercándose por primera vez al 90% del PIB; carga de intereses ascendiendo vertiginosamente hacia representar el 4% del PIB, contrarrestando todos los ahorros conseguidos mediante fuertes recortes sociales; prima de riesgo que continúa estabilizada por encima de hace un año o fuerte pérdida generalizada de poder adquisitivo de los ciudadanos. Algo más tendrá que hacer el Gobierno, si quiere que se cumplan sus predicciones, además de lanzar campañas mediáticas de euforia y poner velas a las estadísticas. Algunas medidas nuevas y diferentes de política económica, con impacto a corto plazo, tendrá que adoptar, si quiere generar un clima que cambie las expectativas de esa media España lista para crecer, empujándole a pasar de la potencia, al acto. Si, por las razones que sean, no quiere pedir el rescate que ayudaría a solventar buena parte de estos problemas, entonces, a corto plazo, solo podemos actuar favoreciendo las exportaciones, por un lado y, por otro, reforzando la confianza de la parte saneada de nuestras familias y empresas para que superen el efecto paralizador asociado a la crisis. A tal fin, propongo tres medidas: dejar funcionar los estabilizadores automáticos, retrasando el calendario de reducción del déficit público; una fuerte rebaja de cotizaciones sociales para empresas exportadoras que creen empleo neto y tres, establecer, desde el ICO y la banca nacionalizada, una importante línea de crédito especial para empresas que creen empleo. Reactivar, de forma cuantificable, el flujo de crédito y reforzar nuestra competitividad, vinculando todo a la creación neta de empleo, son cosas que pueden animar la actividad, acelerando la salida de la recesión y acortando el sufrimiento en que vive buena parte de nuestro país. Japón lleva casi dos décadas demostrando que crecer no es inevitable y que las sociedades pueden instalarse en un estancamiento prolongado. Ojo, porque no estamos vacunados contra eso. ¿O sí?